| El "Che" en la Villa |
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De: "Mi primer gran viaje"; Ernesto Che Guevara; Ed. Seix Barral, 1996 pág. 23 y sig. La luna llena se recorta sobre el mar y cubre de reflejos plateados las olas. Sentados sobre una duna, miramos el continúo vaivén con distintos ánimos: para mí fue siempre el mar un confidente, un amigo que absorbe todo lo que le cuentan sin revelar jamás el secreto confiado y que da el mejor de los consejos: un ruido cuyo significado cada uno interpreta como puede; para Alberto es un espectáculo nuevo que le causa una turbación extraña cuyos reflejos se perciben en la mirada atenta con que sigue el desarrollo de cada una de las olas que van a morir en la playa.
Frisando los treinta años Alberto descubre el océano Atlántico y siente en ese momento la trascendencia del descubrimiento que le abre infinitas vías hacia todos los puntos del globo. El viento fresco llena los sentidos del ambiente marino, todo se transforma ante su contacto, hasta el mismo Come-back es un símbolo y un sobreviviente; símbolo de los lazos que exigen mi retorno, sobreviviente a su propia desdicha, dos caídas en la moto en que voló encerrado en su bolsa, al pisotón de un caballo que lo ¨descangalló¨ y a una diarrea pertinaz.
Estamos en Villa Gesell al norte de Mar de Plata en la casa de un tío que nos brinda hospitalidad y sacamos cuenta sobre los 1.200 kilómetros recorridos, los más fáciles, y sin embargo, los que ya nos hacen ver con respeto la distancia. No sabemos si llegaremos o no, pero evidentemente nos costará mucho, ésa es la impresión. Alberto se ríe de los planes del viaje que tenía minuciosamente detallados y según los cuales estaríamos ya cerca de la meta final cual en realidad recién empezamos.
Salimos de Gesell con una buena provisión de legumbres y carne envasada que ¨donó¨ mi tío. Nos dijo que si llegábamos a Bariloche telegrafiáramos, que jugaba a la lotería; nos parece exagerado. Sin embargo, otros dijeron que la moto es un buen pretexto para hacer footing, etc.; tenemos la firme decisión de probar lo contrario, pero un natural recelo nos inhibe y hasta nos callamos nuestra mutua confianza.
Por el camino de la costa Come-back sigue mostrando sus impulsos de aviador y sale nuevamente ileso a pesar del topetazo. La moto, muy difícil de dominar con el peso colocado en una parrilla que queda detrás del centro de gravedad, lavanta la parte delantera al menor descuido y nos tira lejos. En una carnicería del camino compramos un poco de carne para el asado y leche para el perro, éste no la prueba, me empieza a preocupar el animalito más como materia viviente que por los 70 ¨mangos¨ que me hicieron largar. El asado resulta de yegua, la carne es sumamente dulce y no la podemos comer; decepcionado, tiro un pedazo y el perro se abalanza y la devora en un santiamén; asombrado, le tiro otro pedazo y la historia se repite. Se levanta el régimen lácteo. En medio del tumulto que forman las admiradoras del Come-back, entro, aquí en Miramar, en un paréntesis amoroso.
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